septiembre 15, 2018

Un día en la vida de un estudiante de veterinaria en México. Viaje a través del tiempo




Ana María Román Díaz
Biblioteca MV José de la Luz Gómez
Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia
Universidad Nacional Autónoma de México
México, D. F., C. P. 04510
Email: anacarlo@unam.mx

Introducción
Los estudiantes de medicina veterinaria en México tienen, en general, muchas facilidades y oportunidades, incluso pueden completar sus estudios en otro país.
La intención del presente trabajo de investigación es dar a conocer cómo sobrellevaron los estudiantes las diferentes etapas que vivió la Escuela de Medicina Veterinaria, desde su inicio bajo el mandato del General Santa Anna hasta nuestros días.
En 1853 Santa Anna expide el decreto en el que se funda la Escuela de Agricultura y Veterinaria.
En 1857 se inscriben por primera vez siete alumnos, entre ellos: José de la Luz Gómez y José E. Mota. Abriéndose el primer curso en abril de 1858.
No se sabe exactamente por qué se inscribieron estos siete estudiantes, una de las versiones es que los llevaron de otras escuelas, como la de artes y oficios, en la que estaba inscrito José de la Luz.
Pasaron muchos años, muchas guerras, épocas de escasez, y los jóvenes no se inscribían. Los campesinos preferían que sus hijos se quedaran en el campo a ayudarles y a los citadinos no les interesaba, decían que estudiar veterinaria ensuciaba el guante y manchaba el traje.
La escuela cierra sus puertas varias veces; se convierte en cuartel, en colegio militar; y la falta de dinero también es una causa. Algunas ocasiones, los aperos (instrumentos de labranza) se convirtieron en armas.
En una época, la escuela tuvo un régimen militar, por lo que también los estudiantes protestaron. El resultado fue que la institución cerró y fueron expulsados los alumnos disidentes.
Llega la Revolución, los estudiantes protestan contra Porfirio Díaz y, en consecuencia, les cierran la escuela.
En 1914, la época más cruenta de la Revolución, cierran la mayoría de las instituciones mexicanas, incluso la de veterinaria la cual vuelve a abrir en 1916 con un decreto emitido por Venustiano Carranza, entonces presidente de la República.
Pasaron 90 años sin que las mujeres ingresaran a la escuela; sus instalaciones no contemplaban espacios para ellas, sin embargo, las mujeres son una parte esencial de la historia de la escuela. En 1944 se gradúa la primera mujer: África Medina Navascues, de nacionalidad española, aunque en 1945 se reconoce a Guadalupe Suárez Michel como la primera mujer médica veterinaria, por ser mexicana.
Otras mujeres se abrieron paso como médicas veterinarias:
Aurora Velázquez Echegaray en 1946 (1916- 2013)
Ángeles Medina Navascues en 1947 (1917- 2018)
Aline Schunemann de Aluja en 1949 (1920- )
Irma Guerrero Díaz en 1949
Yolanda de León Zarzosa en 1949
Irene Joyce Blank Hamer en 1953 (1928- )
Graciela Gallegos Gómez en 1954 (19??- 2004)
Regresando a nuestra historia. Imaginen la escena: un exconvento y hospicio dominicano, San Jacinto, edificio antiguo, largos pasillos, oscuros, escaleras en los extremos, estamos a la mitad del siglo XX. Sólo había un baño, para hombres, con puertas de cantina.
Aquellas primeras mujeres lograron que les adaptaran una habitación como baño. La Dra. Blank recuerda con cariño a su después gran amiga, la Dra. Aline -ambas eminentes profesionales-, cuando pisó por primera vez la escuela, que se le acercó y en inglés le dijo que la acompañara. La llevó a la habitación convertida en baño y le entregó una llave.
A las extranjeras no las molestaban. Decían, incluso los profesores, que ellas sí podían estar, pero las mexicanas no, su lugar estaba en el fogón haciendo las tortillas.
Seguramente llegaron otras mujeres, pero los hombres se las ingeniaron para hacerlas huir. Como el caso de la Dra. Gallegos, quien llegó a ser una gran cirujana y muy reconocida gracias a su destacado papel junto con la Dra. Blank en su clínica particular, así como eminente profesora.
Graciela llegó a la escuela y algunos “compañeros” le dijeron que el director la esperaba en su oficina. Ella se encaminó a la dirección. De repente ve por las escaleras un par de grandes ojos brillantes. Se queda helada cuando se da cuenta de que es un puma que se le acerca; está a un paso de ella. Graciela no se mueve, le dice “a mí siempre me han gustado los gatotes”. Casti, la mascota del equipo de football, sigue su camino tranquilamente y ella se dirige a la dirección. Por supuesto, no la esperaba el director.
La biblioteca estaba a un costado del patio central. Había una bibliotecaria muy enojona. Cuando alguien se aventuraba a entrar, todos se quedaban petrificados porque seguramente les iba a gritar; para ella los muchachos siempre hacían algo malo.
La Escuela cambia varias ocasiones de sede, en 1929 pasa a formar parte de la Universidad Nacional. En 1955 se traslada a Ciudad Universitaria y lo que fueron sus primeras instalaciones ahora son la actual Facultad de Química.
En 1957 se consigue la donación de una casa ubicada en Zapotitlán para el internado que cerró en 1988. En 1998 uno de los murales, el del Quijote se trasladó a la explanada de la Facultad.


Hay infinidad de anécdotas en la vida del internado. Cuando estaba en San Jacinto, los estudiantes no se acercaban a los internos porque estaban sucios, eran pobres y olían mal.
El nuevo internado de Zapotitlán también tenía carencias. Relatan Gallegos y Blank que cuando conocieron las precarias condiciones del internado se dedicaron a habilitarlo, desde mandar colocar calentadores de gas, hasta una pequeña biblioteca y una consola con discos de acetato (medio de almacenamiento de sonido analógico).
Ellas colectaban víveres y enseres con los dueños de sus pacientes. Un alumno de la Dra. Gallegos faltó a clases, ella preguntó la razón y le dijeron que había sido atropellado. Lo buscó y localizó en la Cruz Roja, no lo podían operar porque no tenía dinero. Ella consiguió que el Dr. Aluja -notable ortopedista-, esposo de la Dra. Aline, se hiciera cargo de él y solventaron su rehabilitación.
Había profesores con grado militar, otros no. Entonces había novatada, es decir, bromas a que eran sometidos los alumnos nuevos por parte de los veteranos.
Una vez, a un profesor autoritario, los alumnos le subieron su pequeño auto por las amplias escaleras hasta el paranifo, dos pisos arriba. Cuando se enteró el profesor, lloró y dijo “¿por qué me hacen eso?”. El pequeño vehículo permaneció tres días arriba, hasta que los bromistas decidieron regresarlo al estacionamiento.
El Dr. Juan Garza Ramos, exdirector, en su época de estudiante gustaba de jugar futbol americano. Él mismo relata que fue el inventor de la famosa porra “útero, vagina y glándula mamaria…”
La biblioteca de esa escuela tiene un techo muy alto; tenía una bibliotecaria muy regañona. Los mismos que le hicieron la broma al profesor, arrojaron una bomba apestosa a la biblioteca. Pasaron varios días antes de que el olor se desvaneciera.
Me tocó vivir algo semejante: recuerdo a una profesora de histología bastante odiosa, no recuerdo su nombre. Estábamos en el salón de clase y alguien me dijo “sal del salón”, pero no reaccioné con la rapidez que ameritaba. También arrojaron una bomba apestosa. Cuando volvimos al salón, la mujer estaba lo que le sigue de furiosa y dijo que los culpables la iban a pasar de veras mal. Nunca se supo quiénes fueron.
Ya estamos en nuestras instalaciones (1969-). Las historias se agolpan; quiero mencionar a tres personajes especiales para muchos de nosotros.
El famoso Pitirijas (Rodolfo), sus hijos aún nos alimentan. Hombre muy mal educado, se negó a venderme algo cuando vio que compré con la competencia. Pero apoyaba económicamente a muchos estudiambres, como él los llamaba. Solía decirles "médico, coma ahora y pague cuando se titule". Comenzó como bolero; una generación le donó unos sillones que bautizaron con el nombre de “Departamento de patología”.
El paisanito, Gaspar García Magaña, vendiendo libros en la Facultad desde hace más de 60 años. Comenzó en San Jacinto en 1950. También ayudó a muchos estudiantes.
Una vez, uno de los académicos lo trató mal, el paisanito me contó lo sucedido y me comentó “Ahora se cree mucho, pero yo lo recuerdo de estudiante, era un flojo, para nada buen estudiante”.
Recordemos las sabias palabras del paisanito: “El libro no muerde, corta a veces los dedos, pero nada más… pero el libro es una niña de 15 años que se debe valorar con delicadeza… porque hasta las manos limpias debe uno tener…”.
Recuerda que algunos estudiantes, al comenzar a llegar las mujeres les aplaudían y tiraban las batas al piso para que ellas pisaran sobre estas, apenadas, pero siguiendo el ambiente.
Algunos compañeros relatan que iban a buscar al Dr. Santiago Aja -profesor de anatomía- a su cubículo; él les preguntaba “¿ya comieron”? Cuando respondían que no, Santiago les daba 100 pesos. Entonces iban a comprar hot dogs con el Piti.
Nuestra generación (1977-1981) fue de las más numerosas con más de 700 alumnos. Las siguientes generaciones fueron siendo menores hasta llegar a 400, en parte porque se abrieron numerosas escuelas de veterinaria en todo el país, ya son más de 60. Entonces éramos apenas el 10% de mujeres. Actualmente rebasan el 70% de la población estudiantil. Ya tuvimos dos directoras, una de ellas interina, la Dra. Socorro Lara. La Dra. María Elena Trujillo Ortega (2012-2016), comenta que cuando le confirieron el nombramiento, le dijeron que en la legislación de la facultad no existía el cargo de directora, así que fue nombrada director.
Los alumnos cuentan con casi medio millón de libros electrónicos y más de 11 mil revistas en texto completo; de esta manera ya no tienen que invertir días en localizar la información actual, y pueden evitar encontrarse con algún bibliotecario mal encarado, como ocurría antaño. Tienen muchas oportunidades de conseguir becas: de excelencia académica, manutención, nutricionales, deportivas; anteriormente no era tan fácil obtenerlas.
Sin embargo, ahora enfrentan olas de violencia, ocasionadas en parte por el narcomenudeo que ha existido en Ciudad Universitaria desde la década de los sesenta. Yo creo que principalmente se debe al enorme deterioro en la educación que hemos sufrido durante las últimas décadas, se ha confundido la laicidad de la educación con volverla amoral.

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