septiembre 15, 2018

Bolívar Ochoa Díaz, Olavarrieta. Cura hereje de Axuchitlan. Un caso de la Inquisición en 1802, México, 2017


Blanca Irais Uribe Mendoza
Becaria posdoctoral del Instituto de Investigaciones
sobre la Universidad y la Educación, UNAM.
blancaurme@gmail.com


Lo primero que merece la pena destacar, antes de hablar del contenido de la obra, es que el autor tuvo una formación que comenzó en la escuela normal de Ayotzinapa. Un espacio educativo caracterizado por fomentar en sus jóvenes alumnos un espíritu crítico, de lucha social, de dignidad y de resistencia frente a las injusticias del poder. En Ayotzinapa -como en la Escuela Nacional de maestros y la Normal Superior, donde terminó de formarse Bolívar Ochoa- la historia, la sociología, la política, la pedagogía y la psicología son las disciplinas que constituyen la formación de los estudiantes. Y resalto este aspecto porque a lo largo del libro es notable el carácter crítico del autor frente al episodio histórico del que da cuenta (en este caso la condena del cura Olavarrieta por parte de la Inquisición). Se advierte, además, un esfuerzo generoso por darle al lector claridad y amplitud no sólo de un hecho en sí mismo, sino del contexto histórico de los siglos XVI al XIX, sin el cual no podría entenderse el papel de la Inquisición hasta entrado el siglo XIX. De manera que el esfuerzo por explicar un periodo tan amplio sólo podría venir de un autor preocupado por hacer de su obra un libro que enseñe, y que al mismo tiempo profundice en un acontecimiento histórico capaz de generar en el lector una mirada reflexiva y crítica del pasado. De ahí que en esta obra el autor sea fiel a la idea de que la historia es una herramienta para comprender el presente a la luz del pasado.


El libro, Olavarrieta. Cura hereje de Axuchitlan. Un caso de la Inquisición en 1802, está escrito con una narrativa amena y clara, misma que es acompañada de mapas e imágenes que le dan al lector un descanso de la lectura, y que al mismo tiempo favorecen la comprensión del periodo que aborda el libro, es decir, desde la llegada de los españoles al Nuevo Mundo, pasando por el largo y complejo proceso de la evangelización, hasta llegar a los primeros años del siglo XIX. Por otro lado, en el libro se advierte con mucha claridad la búsqueda del autor por hacer visibles aquellos personajes que han sido dominados e invisibilizados por quienes impusieron su visión del mundo, por ejemplo, los Reyes Católicos frente a la dominación de los árabes, los indígenas ante a los conquistadores, o las mismas élites clericales frente a los sacerdotes de menor jerarquía o quienes se atrevieron a pensar diferente en una época de censura, como en el caso del párroco Olavarrieta.



El libro, otra parte, es una herramienta muy acertada para aquellas personas que deseen aproximarse y entender el complejo proceso de evangelización que se ejecutó en los años inmediatos a 1521. Y es que el autor ha sido muy cuidadoso de presentarnos documentos que visibilizan a quienes ejecutaron la evangelización en el siglo XVI, pero también a quienes fueron evangelizados para luego experimentar de manera gradual el sincretismo cultural y religioso que vivimos hasta hoy en día.







Paralelamente al tratamiento que el autor hace de éste tema, nos brinda una descripción muy acertada de las funciones y los fines de algunas de las primeras instituciones que orquestaron el proceso de evangelización en la Nueva España. Como por ejemplo, la vida parroquial o el de la Inquisición, su funcionamiento interno, el poder que acumularon y los mecanismos que utilizaron para censurar libros considerados como “prohibidos”. Otra institución muy bien descrita es el de las cofradías, sus mecanismos de administración, sus funciones y los agentes que la constituían. Por lo tanto, el libro que hoy presentamos es un valioso material para quienes deseen conocer algunas dinámicas de la vida institucional y administrativa de la Nueva España.


Es importante mencionar que las fuentes y los documentos que utilizó el autor están ubicados en repositorios tan importantes como el AGN y el Archivo Casa Morelos. En ese sentido es valioso el rescate de información documental de un archivo que poco consultamos los historiadores, así que esa es una aportación valiosa del libro.


Otro de los elementos más que el lector encontrará en el libro, además de los que ya mencioné, es la reproducción del manuscrito del párroco Olavarrieta El hombre y el Bruto. Este texto circuló a principios del siglo XIX entre varios intelectuales de la región de Tetela del Río (por medio de copias al manuscrito), según nos cuenta el Bolívar Ochoa, y fue precisamente el texto que le valió la condena de herejía por parte de la Inquisición.


Pero, ¿por qué razón? Es decir, ¿qué contenía ese manuscrito que violaba los cánones o las normas establecidas por la Inquisición para no ser sujeto de un juicio. La respuesta es muy interesante porque en eso consiste el valor académico del documento que rescató el maestro Bolívar, pues en el texto El hombre y el Bruto, transcrito en el apéndice del libro, el párroco Olavarrieta escribió una interesante disertación sobre lo que llamaba la diferencia esencial entre el hombre y el bruto, que no es más que una reflexión filosófica sobre la razón, el uso de ella por parte de hombre “juicioso”, el mecanismo que opera en su estructura y aquellos elementos que la componen.


En esa dirección, el manuscrito es un magnífico documento para quienes se interesan en la historia de la filosofía, pues en el manuscrito el párroco ilustrado comenzó asentando que la razón era resultado de las ideas combinadas y la deducción de sus consecuencias (en relación con el presente, el pretérito y el futuro), de donde venía la inteligencia, según afirmó el párroco. Esto quiere decir que de fondo Olavarrieta estaba cuestionando el origen de la razón.


En el texto, además, se hace alusión a lo que llamó las voces sencillas de la naturaleza, que en el lenguaje de la filosofía natural de la época no es más que la revelación de las causas verdaderas que rigen el mundo natural. Es decir, el párroco cuestionaba nada más y nada menos que las llamadas “verdaderas causas”, que son el principio de la filosofía natural que darán origen a diversas disciplinas científicas en el siglo XIX.


Líneas más adelante, el párroco Olavarrieta se posiciona desde la metafísica para señalar que la razón supone un principio distinto de la materia, pues las ideas abstractas están abstraídas de la materia y son el origen de la razón, y de las ciencias en general. Las ideas abstractas, señalaba el párroco, eran aquellas que eran efecto de las impresiones materiales. Y de eso carecía, precisamente, el bruto.


Estas ideas en apariencia se acercaban a los principios de la metafísica, pero en realidad resultaban ser ideas liberales, subversivas y contestatarias de los principios monárquicos, y seguramente fue ahí en donde la Inquisición encontró una razón determinante para juzgarlo. Por ejemplo, afirmó en su manuscrito que “no podía haber idea de Dios, sin que primero se concibiera la idea del hombre”. Esto bien puede interpretarse como el principio Cartesiano de “pienso y luego existo”, pero llevado a un punto en donde la idea de Dios está supeditada a la razón humana y no a la divinidad per se.


Otro ejemplo fue que Olavarrieta advertía que: “si una substancia espiritual era incapaz de caer en los sentidos, sino se veía, sino se oía, sino se tocaba, entonces de dónde venía la idea de esa imagen”. Señaló que: “Unas causas tan distantes entre sí, como ser, y no ser, debían producir efectos proporcionales a su esfera, pero los filósofos religiosos estaban tan empeñados en sostener la existencia de un alma racional, que sus ojos estaban cerrados y tenían un entendimiento limitado, pues para ellos los hombres debían dar crédito a la revelación que asegurara la existencia del alma [y por lo tanto, del dios cristiano]”.


Argumentos de esta naturaleza fueron en su momento sumamente controversiales y peligrosos, por lo tanto, motivo de censura por parte de la Inquisición. Ahora bien, la razón por la que eran censurados era porque incitaba suspiros de libertad política bajo la idea de que los hombres tendrían la capacidad de discernir con la razón la creencia en la idea del Dios católico y, por lo tanto, la legitimidad del poder de la Iglesia para conquistar y dominar a los indios. La segunda razón es porque la idea de que sólo puede tener substancia aquello que se toca, se ve y se oye, años más tarde será un pilar de lo que se llamó el método científico, que no es más que la idea de que el conocimiento científico sólo podría generarse, asentarse y reproducirse a partir de aquello que se observa, que se verifica, que se mide, que se materializa, y no a partir de ideas divinas. Por lo tanto, en estos argumentos se encontraban las razones por las que la Inquisición habría de considerar al manuscrito del párroco una verdadera amenaza para la Iglesia.


El manuscrito El hombre y el Bruto del párroco Olavarrieta, se presenta como un valioso documento para comprender, entre otras cosas, la historia de la filosofía en la Nueva España; las ideas que persiguió la Inquisición en los años que anunciaban la llegada de un cambio radical en el pensamiento Occidental respecto a la naturaleza del conocimiento científico. Es, además, una fuente primaria que nos abre una ventana para conocer aquellos postulados Ilustrados que sembraron la semilla del pensamiento liberal y científico que transformó el devenir de la sociedad Novohispana.

Por otro lado, el libro es un trabajo que cumple con las características de una investigación histórica, y que dada su narrativa, la estructura del contenido y la diversidad temática que aborda el autor lo convierte en un libro estupendo de divulgación de la historia (como ya lo mencioné), sin omitir el carácter crítico que caracteriza al autor a lo largo del texto.


Así que sólo me resta invitarlos a leer el libro, pues estoy segura que además de disfrutar la manera amena de la escritura del autor aprenderán mucho de un episodio de la historia que marcó el pensamiento y la cultura del pueblo mexicano.


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