junio 04, 2018

Los jesuitas en la arriería Nacimiento de la Compañía de Jesús



M.V.Z. José Eugenio Villalobos Guzmán
La Compañía de Jesús fue una orden religiosa fundada en Francia en 1534 por el español Ignacio de Loyola (su verdadero nombre fue Íñigo López de Recalde; cambió su nombre “por ser más común a las otras naciones” o “por ser más universal”). Loyola fue un militar, quien, tras resultar herido en una batalla contra los franceses, tuvo que permanecer en reposo por la gravedad de sus lesiones; durante este tiempo de recuperación comenzó a leer obras religiosas y de ahí decidió dejar las armas y seguir el camino de la fe.
Su labor como religioso coincidió con la época de la Contrarreforma, a la cual se dedicó a combatir declarando su total apoyo al papa, siendo la creación de la orden de los jesuitas, una de las medidas para hacer frente a este movimiento reformista. Loyola murió en 1556, y para 1622, la obra espiritual que realizó lo llevó a ser nombrado santo por el papa Gregorio XV.
Llegada al Nuevo Mundo
Uno de los objetivos principales de la orden de los jesuitas fue difundir el mensaje cristiano en los territorios recién descubiertos durante esos años.
Integrada por personas dotadas de un gran conocimiento y un método de enseñanza efectivo, la orden llegó a la Nueva España en 1572 precedida de una buena fama; en un inicio los franciscanos, y posteriormente las autoridades virreinales, solicitaron la llegada de esta orden religiosa a estas tierras.
Tras dos años de haber llegado al territorio colonial, los jesuitas comenzaron con la creación de centros educativos. En la Ciudad de México se fundaron los colegios de San Pedro y San Pablo; las obras se llevaron a cabo con donaciones que los religiosos solicitaban a las personas que tuvieran muchos bienes y no tuvieran herederos, principalmente; pero la petición se hacía para todos quienes quisieran apoyarlos. Tras el buen resultado de estas instituciones, posteriormente surgieron el de San Bernardo y San Miguel, mismos que con el tiempo darían paso al Colegio de San Ildefonso, el cual se convertiría en el más importante de la Ciudad de México.
A estos centros de educación accedían principalmente aristócratas, aunque también se impartía enseñanza a jóvenes de bajos recursos; incluso para las castas había modalidades de instrucción. En estos centros de estudio se trataba la gramática latina, lógica, matemáticas, ciencias físicas y teología, entre otras. Aunque es relevante citar, que la obra de estos frailes no se quedaba simplemente en impartir educación, sino que apoyaban a las personas de las comunidades para que aprendieran oficios, entre otras obras humanitarias que realizaban ellas, esto les ganó la simpatía de muchos; inclusive se señala que, en Pátzcuaro, San Luis Potosí y algunas poblaciones del actual estado de Guerrero hubo manifestaciones de inconformidad ante la medida de expulsarlos de los territorios españoles en 1767.
Interés de Vasco de Quiroga
Otro de los personajes que en su momento estuvo interesado en la llegada de la orden religiosa fue Vasco de Quiroga, quien incluso mandó a España a Diego Negrón, chantre de la santa iglesia de Michoacán, para que procurara la venida de los jesuitas a su diócesis; sin embargo, durante su llegada murió Ignacio de Loyola, y ante esta situación no le fue posible tener una oportunidad para establecer su pretensión. Tiempo después, el mismo Vasco de Quiroga viajó a Cádiz y decidió ver a Diego Laínez, quien había quedado al frente de la Compañía tras la muerte de Loyola, y consiguió que les asignara a cuatro jesuitas para que regresaran con él a Michoacán; pero lamentablemente para los planes del religioso, los cuatro padres enfermaron tan gravemente que no pudieron viajar hacia el nuevo mundo. Finalmente, Vasco de Quiroga moriría tiempo después -en 1565-, sin haber conseguido su propósito.
Las Haciendas Jesuitas
La Compañía de Jesús no solamente obtuvo un papel preponderante dentro de la educación en la Nueva España, sino que sus propiedades y bienes acumulados eran de los más prolíficos entre las órdenes religiosas de toda la colonia.
Entre sus propiedades destacaban las haciendas, las cuales eran adquiridas por donaciones de algunos hacendados, a quienes les interesaba que llevaran instrucción a esos lugares y les ofrecían tierras; otras llegaban a sus manos mediante concesiones hechas por los cabildos, y también, se conseguían mediante las aportaciones que hacían clérigos o miembros de la misma institución; entre otras maneras de obtención.
Estas haciendas estaban bajo el cuidado de los colegios, éstos eran los encargados de nombrar un administrador, y a su vez, el rector de dicha institución era quien supervisaba el trabajo de estos encargados. En este ámbito, los jesuitas se distinguieron como excelentes administradores, y su disciplina era tal, que redactaron las llamadas Instrucciones a los hermanos jesuitas administradores de haciendas, donde especificaban cómo se debía realizar la contabilidad, la forma correcta de llevar los libros, la manera en que debían sembrar, cuál era el mejor momento para ello y también hacían recomendaciones para el buen trato a los trabajadores. También hay que recalcar que varias de sus propiedades se arrendaban para su producción.
Entre las principales haciendas, de las que se señala eran 123 en la Nueva España, estaban la de San Pablo, San José de los Carneros, Amaluca y San Lorenzo, en Puebla; Santa Lucía, San José Acolmán y Nuestra Señora de la Concepción Chapingo, en el actual Estado de México.
En el Obispado de Michoacán estaban La Magdalena, San José de la Huerta, Chapultepec y La Tareta, en Pátzcuaro; la de Cabras y San Bernardino Chapitiro, en Tlalpujahua; también estaban la de Queréndaro, Parangueo y San Javier; La Cucha, se ubicaba en Tiripetío; la de Tzipimeo, en Zacapu. Los Naranjos se encontraba en Indaparapeo, y en Valladolid, estaban San Bernardo, San Antonio, San Joseph de Zinzimeo y San Isidro Chapitiro.
Las actividades económicas de estos lugares eran la agricultura, las labores de los ingenios, molinos, casas de trasquila, entre otros; sin embargo, la venta de ganado menor y mayor fue la que les proporcionaba mayores ganancias.
La cría de animales para sacrificio para sus carnicerías y curtidurías se complementaba con la venta de ganado vacuno y equino; entre este último grupo se destaca el del comercio de mulas.
Las Mulas, Elemento Fundamental
Dentro del entramado productivo de las haciendas de estos religiosos, las mulas se erigieron como el eje fundamental. Su estructurado sistema de abastecimiento, tanto de mercancías como transporte, creaba efectivas conexiones entre ellas, donde este animal de carga además de aportar ganancias por su venta, también se establecía como un vehículo de transporte insoslayable.
Este importante elemento aportaba a las haciendas jesuitas ventajas enormes: para empezar, no tenían la necesidad de adquirir mulas para formar sus hatajos y movilizar los productos u optar por contratar servicios de transporte, ya que la mayoría poseía sus propias recuas. Eran autosuficientes en el transporte porque en varias de sus haciendas la cría de ganado mular les evitaba adquirir animales, que cabe destacar en ese entonces mantenían un precio muy elevado.
Otro de los puntos a favor era que tenían asegurada la circulación de mercancías entre sus haciendas, dotando de productos faltantes a todas aquellas propiedades que carecían de alguno en particular; también el evitarse pagar por la renta de mulas les daba la facilidad de buscar los mejores mercados para vender sus productos, sin la limitante de detenerse a pensar en la distancia que tenían que recorrer entre los puntos de venta, entre otros obstáculos. Y por último, al ser ellos mismos quienes enviaban sus hatajos con carga, les aseguraba un mejor control sobre ésta.
Producción en Haciendas
El número de animales que integraban los hatajos de las haciendas variaba de una propiedad a otra, en el caso de la de San José de los Carneros, en el estado de Puebla, poseía una recua de 5 animales que se usaba para transportar maíz y sal; otro ejemplo es la hacienda de San Pablo, situada al Oriente de la ciudad de Puebla, la cual alcanzó la cifra de 50 animales en el siglo XVIII, por lo que en cierto momento se dedicó al negocio del trasporte de mercancías entre la región del Altiplano y Veracruz, aunque no duró mucho tiempo.
Otros casos eran las propiedades de Amalucan y San Lorenzo, las cuales producían cereales y pulque, y con sus mulas no sólo transportaban sus propias mercancías, sino que apoyaban en la movilización de productos de otras haciendas ubicadas en la región poblana, a la altura del volcán de La Malinche.
La Crianza de Mulas
En las haciendas de la Compañía de Jesús donde contaban con recuas, el número de animales oscilaba entre 25 y 40, y en algunos casos menos como ya observamos en el apartado anterior; sin embargo, no todas tenían pastizales y forrajes para alimentar a sus mulas. Esta situación hacía que los animales fueran llevados a propiedades donde hubiera el alimento disponible para cubrir esta necesidad.
En este aspecto, uno de los casos destacados es el de la hacienda de Santa Lucía, ubicada en el valle de México. En este lugar la actividad preponderante era la crianza de burros, caballos y mulas; ahí producían cebada especialmente para la alimentación de estos animales.
En sus inicios, esta propiedad criaba mulas solamente para cubrir las necesidades internas, pero paulatinamente la producción de esta especie fue aumentando, hasta convertirse en una actividad orientada a fines comerciales.
Para 1764, esta posesión jesuita contaba con 136 burros de varios tipos y edades, 7,349 caballos, entre yeguas, caballos cerriles y garañones; y también tenían 1,329 mulas. De los animales que se vendían, la mayoría encontraba salida entre los propios trabajadores de las haciendas, y lo restante se vendía por fuera.
Arrieros y Salarios
En las propiedades de los jesuitas, la mano de obra de peones, sirvientes, trabajadores especializados en algún oficio (como carpinteros, herreros, albañiles) recibía un pago por su trabajo; aunque en relación a los trabajadores temporales que eran contratados durante los meses de la siembra y cosecha, se encontró que en algunos casos no se les otorgaba un salario, sino que se les pagaba de otra manera, tal como lo afirma el autor Bernd Hausberger en su libro Miradas a la misión Jesuita en la Nueva España, en el que cita: “Cuando la Audiencia de Guadalajara ordenó que también los misioneros pagaran a los indios, estableciendo el jornal en 2 reales y en 2 ½ durante la época de cosecha, los jesuitas protestaron ante todas las instancias posibles. No se llegó a nada claro y en las misiones se continuó sin pagar nada, ‘a la manera’, como había dicho el padre Francisco Javier de Faria en 1657, “que un padre no asienta salario como sus hijos, porque esto sería tratarlos como extraños”.
Por lo tanto, en las misiones solamente ciertos empleados como el administrador o “vaqueros, arrieros, sabaneros, pajes y otros sirvientes así de la iglesia como de casa” recibían salarios, que se pagaban, como en las minas, normalmente en mercancía, sobre todo en textiles.
BIBLIOGRAFÍA
  1. San Ignacio de Loyola”. Consultado en línea: https://www.biografiasyvidas.com/biografia/i/ignacio.htm
  2. Cosío Villegas, Daniel, “Historia general de México”, México, El Colegio de México, 2000. p.454
  3. Crónicas de la Compañía de Jesús en la Nueva España, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1995. pp. 24,122 y 123
  4. La expulsión de los jesuitas”. Consultado en línea: https://www.mexicodesconocido.com.mx/la-expulsion-de-los-jesuitas-en-1767.html
  5. Alegre, Francisco Javier, “Historia de la Compañía de Jesús en Nueva-España, Volumen 1”. México. 1841 pp.44-45
  6. Capítulo 5. La Compañía de Jesús o Jesuitas”. Pp.151-152. Consultado en línea: http://132.248.9.195/pdbis/260347/260347_10.pdf
  7. Las haciendas de los jesuitas y la educación”. Consultado en línea: http://pep.ieepo.oaxaca.gob.mx/recursos/multimedia/SEPIENSA_conectate_y_aprende/contenidos/h_mexicanas/colonia/jesuitas_edu/jesuitasedu_2.html
  8. Capítulo 5. La Compañía de Jesús o Jesuitas”. p.153. Consultado en línea: http://132.248.9.195/pdbis/260347/260347_10.pdf
  9. Suárez, Clara Elena, “Los arrieros novohispanos”, en “Trabajo y sociedad en la historia de México. Siglos XVI-XVIII”. México 1992. Pp. 81-85.
  10. Francisco Xavier de Faria nació en la Ciudad de México en 1623; a los 17 años se incorporó a la Compañía de Jesús y fue asistente del padre Pedro de Velasco. Vivió en el Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo y en 1660 hizo la profesión de cuatro votos. Fue rector del Colegio de Oaxaca, que entregó en 1668, y murió en abril de 1681 en Valladolid, hoy Morelia.
  11. Hausberger, Bernd. “Miradas a la misión jesuita en la Nueva España”. El Colegio de México, 1960. Pp.58 y 59.


Desde lo Alto del Caballo”
José Eugenio Villalobos Guzmán

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