agosto 31, 2016

Orejas de burro: la función de los asnos en el desarrollo del comercio

Por Salvador Ávila



De las tierras del Oriente ha venido el asno, hermoso y muy valiente, para la carga muy adaptado. Ea, señor asno, cantad. Abrid vuestra linda boca. Tendréis el heno en abundancia y la avena a granel.
               Canto latino medieval.

El empleo de animales –y entre ellos debemos incluir elefantes, búfalos, yaks, camellos, llamas y renos-- ha sido fundamental en el desarrollo de las actividades productivas en prácticamente todo el mundo. Se considera que más de la mitad de los habitantes de nuestro planeta depende de los caballos para su sustento. La población mundial de estos animales en 2001 se estimó en unos 58 millones; casi la mitad se encontraba distribuida en países como China, Brasil, Estados Unidos, Argentina y México. Más de la mitad de los aproximadamente 13 millones de mulas que hay en el mundo se localiza en China, México y Brasil. De los casi 43 millones de burros, la mitad está repartida entre China, Etiopía, Pakistán, Egipto y México.

En pleno siglo XXI la energía animal sigue vigente. Algunos animales son entrenados para ser montados por los seres humanos o para tirar carros de arrastre o trineos, que pueden ser cargados con objetos o personas. Otros tienen habilidades especiales, como los elefantes, que ayudan en las operaciones forestales mediante el uso de sus trompas para trasladar madera. Animales de trabajo han sido desplazados en algunas regiones del mundo por el transporte mecanizado, pero en otras áreas continúan desempeñando dicha función. El papel de las bestias de carga en la génesis y expansión del comercio organizado es determinante.

A lo largo de la historia los animales de trabajo han servido para desplazar productos --a veces a través de zonas geográficas inhóspitas como desiertos, selvas y llanos--, para el comercio con diferentes y lejanos conglomerados humanos. La contribución de los burros es poco conocida, por eso dedicaré las siguientes líneas a los asnos, pollinos, rucios o jumentos, animales que, según José Vasconcelos, originaron la liberación definitiva de los indígenas mexicanos como bestias de carga humanos o tamemes.

En la antigüedad existía una ruta comercial que iba desde el Pacífico hasta el Mediterráneo, conocida con el nombre de Camino de la Seda. Entre los animales de tiro se encontraban los burros, que al pasar por los territorios donde habitaban los asnos silvestres, se cruzaban con ellos y al término del viaje ya existían mezclas de diversas razas. Los antiguos griegos y romanos utilizaban a los burros para transportar los productos de los campos y para mover los molinos y otros artefactos; se les ataba a las carretas, pero muy raramente al arado pues el buey era el animal generalmente destinado para arar.

El asno común --domesticado como bestia de carga desde hace más de seis mil años-- es considerado como uno de los animales más útiles: su poca sensibilidad a las variaciones de temperatura y a la falta de cuidado, y su resistencia a la fatiga y a los golpes, lo ha hecho indispensable en muchos pueblos alrededor del mundo, que lo utilizan indistintamente como bestia de carga, de silla o de tiro. Además, no se enferma con facilidad y vive mucho más tiempo que el caballo, alcanzando a menudo la edad de cincuenta años. El asno ha sido un importante medio de transporte en las calles de Adis Abeba, capital de Etiopía, país que ocupa el puesto 16 entre los países más poblados del mundo. En el año 2006 se calculó que la población de asnos en ese país ascendía a cinco millones, cerca de uno por cada 12 personas. Se entiende, por todas estas razones, que a veces un buen asno sea más estimado que un corcel.

La doctora Aline S. de Aluja, profesora decana de la Facultad de Medicina y Zootecnia de la Universidad Nacional Autónoma de México, señala que en la mayoría de los países latinoamericanos los burros son animales que prestan invaluables servicios a los campesinos de pocos recursos, como transporte y medios de arrastre: “llevan carga y agua, tiran carretas y el arado, y sirven además como transporte de niños y adultos en sus aldeas para dirigirse a escuelas y mercados”. Los burros han tenido en la historia de nuestro país un papel más destacado del que pudiéramos imaginar. En los contratos o asientos efectuados entre la Corona y los españoles interesados en fundar nuevas poblaciones, el asentista estaba obligado a cumplir las siguientes condiciones: tener poblada la villa, dentro del término que se le señalara, con treinta vecinos cuando menos, cada uno con su casa, una yegua de vientre, 5 puercas de vientre, 10 vacas de vientre, 4 bueyes y un número semejante de jumentos. En 1533, por medio de uno de estos contratos, la Corona permitió la entrada de 300 borricos en Nueva España. El uso de burros, bueyes y mulas se transformó en un bien común de los campesinos mexicanos a lo largo de los años del dominio español. Además, los burros gozaron de un alto aprecio entre los arrieros, porque eran los sementales para la cría de acémilas o mulas. Muy pronto el uso intensivo de estas criaturas dio origen al oficio de arriero, pues de acuerdo con Bernal Díaz del Castillo: “…y los que no lo son ni caciques, todos los más tienen caballos y algunos hatos de yeguas y mulas, y se ayudan con ello a traer leña y maíz y cal y otras cosas de este arte [...] y son muchos de ellos arrieros, según y de la manera que en nuestra Castilla se usa”.

En su ensayo “Mulas, hatajos y arrieros en el Michoacán del siglo XIX”, el historiador Gerardo Sánchez explica que hasta el siglo XIX este oficio representó uno de los pilares más importantes de la economía mexicana. Por este medio las mercancías llegaban hasta los rincones más apartados del territorio nacional. Los caballos, pero sobre todo las mulas y los burros, como vehículos de transporte, eran el motor de la actividad comercial y origen de numerosas fortunas. El conjunto de animales que se utilizaba en los traslados se conocía como “recua” o “hatajo” si se integraba por bestias mulares, o se le daba el nombre de “chinchorro” si estaba compuesto por burros. El hatajo lo componía un grupo de cincuenta o sesenta mulas, manejadas a su vez en grupos de diez en diez y conducidas por un número determinado de arrieros.

Los hatajos y chinchorros cargados de mercancías eran considerados los eslabones que unían la economía regional con el mercado nacional. La arriería permitió que se desarrollaran a sus expensas actividades económicas como la talabartería, fustería, jarciería y herrería, entre otras. Además, el florecimiento de mesones y fondas a los largo de los circuitos comerciales dependió en gran medida del tránsito de arrieros. Las mercancías que se trasladaban de un lugar a otro gracias a estos animales de carga eran numerosas: azúcar, arroz, cueros, alpiste, café, cacao, cal, queso, camarón seco, cebada, cominos, sal, frijol, garbanzo y harina; también añiles, ropa, vinos, oro y plata. A mediados del siglo XIX existían en la Tierra Caliente de Michoacán, de acuerdo con el historiador citado, alrededor de cuatro mil mulas dedicadas al transporte de productos agrícolas. Las recuas producían anualmente casi 25 mil pesos por fletes, en tanto que los burros generaban una entrada de más de 7 mil pesos.

En junio de 1922, el doctor Anaya y Arrieta creó lo que sería la primera sociedad protectora de animales de nuestro país con sede en el Segundo Callejón del 5 de Mayo, Número 31, en la ciudad de México. Esta sociedad, que tenía por “objeto evitar la crueldad para con los seres inferiores”, hacía circular entre los habitantes de la capital pequeñas tarjetas con mensajes como el siguiente:

A LOS DUEÑOS DE CABALLOS, BURROS Y MULAS. Estos animales son nuestros fieles servidores y compañeros. Quizás Udes. nunca habrán tenido la idea que deberíamos respetar á los animales mudos que están a nuestro cargo. ¿Qué harían ustedes sin ellos? Los animales domésticos ayudan á Ud. á ganarse la vida, trabajan de buena gana y constantemente, todo el día, sea cual fuere el temperamento. Debemos ser buenos y humanos con los animales que de tal manera nos sirven. Deberíamos darles bastante alimento y agua, nunca ponerles carga muerta y jamás apalearlos.

En México el número de burros y mulas ha descendido drásticamente en los últimos años, aunque no así las condiciones de su explotación. En el ámbito urbano, algunos de estos animales son usados como fuerza de tracción por carretoneros que se dedican a la compra de colchones y fierros viejos, y los hacen trabajar extenuantes jornadas sin agua ni alimento. Espoleados por sus tiránicos dueños, es común verlos trotar en el asfalto y a veces a todo galope compitiendo con los automóviles. En contraste, debemos celebrar que en Bogotá, Colombia, a partir del 30 de enero de 2012, está prohibido transitar con vehículos de tracción animal.

En un acto de reivindicación, cada 1º de mayo desde 1964, en el municipio de Otumba, en el Estado de México, se celebra la Feria del Burro, festividad única en el país donde este animal, que desde el punto de vista económico ocupa el último lugar en la escala ganadera, es la principal atracción. “La Feria del Burro es un homenaje a la bestia de carga, compañera de trabajo de los hombres del campo, y una ocasión para la convivencia comunitaria”, dicen los otumbenses.

En Inglaterra y otras partes del mundo donde existe desde 1976 la International Donkey Protection Trust (IDPT), el asno ha dejado de ser una bestia de carga para convertirse en animal de compañía. La IDPT es una institución que se dedica a difundir los conocimientos sobre el burro, con el objeto de mejorar sus condiciones de vida en los países subdesarrollados y para que el campesino aprenda a servirse de los jumentos, pero sin excederse en su trato.

Por cierto, la expresión “orejas de burro” proviene de la leyenda según la cual Apolo cambia las orejas del rey Midas por orejas de burro, por haber preferido frente a la música del templo de Delfos los sonidos de la flauta de Pan. Esta preferencia indica, en lenguaje simbólico (las orejas de burro), la búsqueda de las seducciones sensibles más que la armonía del espíritu y la preeminencia del alma.

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