febrero 22, 2015

De la carcajada del circo a la risa de la ciencia. El germen de la etología en los circos del siglo XIX

Blanca Irais Uribe Mendoza
Doctorante del Posgrado en Filosofía de la Ciencia
(Área de historia de la ciencia)

Resumen
El artículo busca mostrar que en el siglo XIX la emergencia de la etología se alimentó de prácticas y saberes que se desarrollaron en los circos. Por lo tanto, el nacimiento de la etología es inimaginable sin espacios lúdicos y artísticos como el circo. El texto expone además que la risa provocada por los actos de doma y amaestramiento de animales contuvo aspiraciones sociales de una sociedad que creía en la capacidad de la racionalidad para transformar la naturaleza, incluida la llamada naturaleza animal.
Para trazar la genealogía de la etología utilizo el  enfoque metodológico de la historia de la ciencia. En cambio, para para explorar los valores sociales e ideológicos de la sociedad del siglo XIX y su relación con las nuevas formas de producir conocimiento, me apoyo en la filosofía de la ciencia; un campo de conocimiento que favorece la interpretación de la conexión entre los aspectos sociopolíticos y el desarrollo científico.
Introducción
En siglo XIX, la emergencia de los estudios en etología se nutrió de prácticas y saberes producidos al interior de los circos. La razón es que en estos espacios se llevaron a cabo espectáculos con animales que exhibían su capacidad de entendimiento y obediencia frente a las instrucciones y el lenguaje que hombres y mujeres emitían para generar una comunicación con los animales.
Por otro lado, la risa que provocaron los números o espectáculos circenses con animales iban cargada de los códigos sociales  de una sociedad decimonónica, que encontró en la doma o amaestramiento de animales una clara representación del grado de civilidad y orden al que aspiraron las sociedades occidentales; particularmente los ciudadanos de las metrópolis europeas y americanas, quienes hallaron en las carpas circenses el ejemplo claro de la capacidad de los seres humanos no sólo para hacer realidad el tráfico y traslado de  animales exóticos provenientes de lugares tan lejanos como África y Asia, sino además, la capacidad de los seres humanos para domesticar o domar la naturaleza salvaje de los animales en cautiverio. Por ello, la risa de quienes asistían a los circos para ver espectáculos con animales, puso al descubierto códigos sociales que se confrontaron una vez que se hace evidente que la línea  que separa a los hombres “civilizados” de los animales resultaba muy frágil, ya que estos espectáculos demostraban con toda claridad que la aparente diferencia cognitiva entre seres humanos y animales prácticamente no existía. Sobre todo cuando el hombre buscaba redefinir su condición de hombre desde los límites del entendimiento del animal.
De manera que en la risa provocada desde espacios de realidades alternativas como el circo, hallamos algunas tensiones que asaltan a los seres humanos cuando se trata de decantar las diferencias entre éstos y los animales.
¿Qué es la etología?
El origen etimológico de la palabra etología proviene del griego. Es una palabra compuesta de ethos que significa costumbre, rasgo, hábito o carácter y logía que refiere a estudio, razón o tratado.
La palabra etología se utilizó por primera vez en el siglo XVII para referirse al acto de imitar el carácter o las gesticulaciones de otro individuo humano o animal, por esa razón a los imitadores  se les llamaba etólogos. En la actualidad, la etología es la ciencia que tiene por objeto el estudio del comportamiento animal y humano. A este campo de conocimiento se le conoce como etología humana.
La etología animal, por su parte, se encarga entre otras cosas de describir y explicar la conducta, el instinto y las pautas que guían la actividad innata o aprendida de las diferentes especies animales. De manera que el etólogo estudia aspectos como el desarrollo del comportamiento, la agresividad, el apareamiento y la vida social de las especies animales.
La emergencia de la etología como un corpus de saberes con carácter de cientificidad inició en el siglo XIX. Sin embargo, desde el siglo XVIII la historia natural ya había comenzado a producir los primeros estudios sobre el comportamiento animal a partir de métodos racionales. Un ejemplo fueron los trabajos del enciclopedista francés Charles.G. Leroy (1723-1789), quien opinaba que comprender la naturaleza de la mente de los animales permitiría al hombre aumentar el conocimiento de sí mismo.
La etología en el siglo XIX
Con la llegada del siglo XIX y la aparición de la teoría de la evolución de Charles Darwin, la etología comenzó a transitar hacia la solidez científica de sus saberes, toda vez que comenzaron a estudiarse sistemáticamente los patrones de comportamiento de los animales una vez  que se dedujo que éstos no estaban únicamente relacionados a la estructura específica de la especie, sino que podían considerarse como expresiones evolutivas relacionadas a sus  ambientes.
El inglés John Stuart Mill —filósofo, político y economista— comenzó a utilizar el término etología para referirse al estudio de la formación del carácter de los animales. En 1880, el zoólogo Charles Otis Whitman realizó investigaciones sobre el comportamiento animal usando clasificaciones de filogenia. Con ello, Whitman sentó los postulados más importantes que habrán de guiar a esta ciencia por el siglo XIX. Entre otras las cosas, planteó que los instintos animales habían evolucionado y no eran expresiones improvisadas de cada especie. Sostuvo además que la genealogía de estos instintos podía ser tan compleja y longeva como la historia de sus bases orgánicas. Whitman defendió que el primer criterio del instinto era que éste podía ser ejecutado por la experiencia, la instrucción o la imitación. También planteó que la guía principal para avanzar en la historia filogenética de los animales debía ser el estudio comparado, y expuso que la plasticidad del instinto no era la inteligencia pero si era la puerta abierta a través de la cual la “experiencia entra y obra las maravillas de la inteligencia.”
Finalmente, William Morton Wheeler propuso a la comunidad de zoólogos, entre 1902 y 1905, que era necesario establecer el término etología para expresar con toda precisión el estudio del carácter y el comportamiento físico y psíquico de los animales dentro de ambientes naturales y artificiales.
Así pues, los estudios etológicos en el siglo XIX abrieron la posibilidad de comprender el llamado “instintito y comportamiento animal”. También fueron un importante marco de referencia para descubrir y delimitar espacios comunes entre el llamado “mundo civilizado” y la “naturaleza animal”. En ese sentido, el circo apareció como un espacio que entre la recreación de la fantasía y la excentricidad de los espectáculos de doma y amaestramiento de razas animales (grandes, pequeñas o exóticas) abrieron la posibilidad de lograr mecanismos para comprender y manipular el instinto y el comportamiento animal.
La etología y el circo
En la cultura occidental del siglo XIX, se reconoce la presencia de una gran fascinación por lo lúdico y lo prodigioso. Y es que lo que el ser humano no llega a comprender en la esfera de su acción y de los fenómenos naturales es causa de extrañeza, sorpresa y pasmo, de manera que desemboca en la incitante búsqueda de la ingenua fantasía que guarda el asombro. En este sentido, el circo fue precisamente un espacio que guardo asombro, tradición, arte y explicaciones ingenuas o no a fenómenos naturales como el comportamiento animal, como veremos a continuación.
El circo del siglo XIX es lo que algunos historiadores del tema llaman el circo contemporáneo, es decir, una fusión de tradiciones populares y descubrimientos científicos y revoluciones industriales y económicas. Otra de las características que distinguió al circo de ésta época, fue la incorporación de números estelares protagonizados por la doma y acrobacia ecuestre, además de la exhibición de animales como perros, cerdos, elefantes y monos que eran entrenados para demostrar al público sus capacidad de entendimiento, obediencia y domesticación. Es por ello que el circo del silo XIX apareció como un espacio que contuvo y reinterpretó la relación con los animales, en tanto que se volvió un sitio donde se observó la maleabilidad y los principios de la conducta animal, lo que permitió la aproximación hacia teorías del comportamiento y el instinto animal gracias al trabajo de hombres y mujeres que, entre el asombro y la zozobra del público, demostraron a los asistentes sus capacidades para controlar y domar animales grandes y pequeños capaces de imitar actitudes humanas.  
De manera que en siglo XIX mientras los científicos estudiaban al reino animal desde sus espacios academicistas, los domadores de circo se dedicaron a comprobar en la práctica los métodos y mecanismos para comprender y manipular la naturaleza del comportamiento animal.
Un caso emblemático es el del etólogo inglés Jhon Lubbock (1834-1913), quien fue vecino de Charles Darwin y fiel asistente a los circos en Inglaterra y Madrid. Lubbock refirió en incontables ocasiones que los circos eran espacios donde los domadores descubrían y ponían aprueba complejas prácticas que tenían detrás explicaciones profundas del comportamiento animal. Eso demuestra que los eventos y las prácticas al interior de espacios lúdicos, se trasladaron al ámbito de la ciencia gracias a la heterogeneidad de los públicos que asistían a los espectáculos circenses.
Por otro lado, los empresarios o dueños de los circos fueron verdaderos globalizadores de la fauna animal en el siglo XIX. Y es que gracias a la invención y extensión del ferrocarril lograron transportar animales exitosos por todo el mundo para hacer crecer nuevos mercados para la diversión.
Por otro lado, el tráfico de animales destinados a los circos o parques zoológicos,  sin duda alguna generó la necesidad de conocer a profundidad el comportamiento de cada una de las especies que trasladan desde lejanos continentes. Sobre todo cuando dependía de ello el éxito de una empresa comercial.
La risa y el animal del circo
¿Qué había detrás de la risa de quienes presenciaban espectáculos circenses con animales? Dicho en otras palabras: ¿De qué reían quienes presenciaban la capacidad de los seres humanos para controlar, manipular y comprender la naturaleza del comportamiento animal?
Schopenhauer afirmaba que para producir risa se necesita siempre de un concepto, una cosa particular, un objeto o un acto que bajo otro aspecto más o menos importante no logre entrar en ellos y difiere de modo sorprendente de todo lo que ordinariamente se incluye en tal concepto, cosa, objeto u acto.
Pero más allá de eso, la risa —como plantea Antonio Lafuente— evoca una función disruptiva y un dispositivo clave en el arsenal cognitivo para llegar al mundo en el que estamos. La risa también alude a la pertenencia a una comunidad, pues no sólo es un acto expresivo a nivel personal, sino una manifestación asociada a valores cognitivos. La risa, sostiene Lafuente, expande conocimiento al revelar la existencia de un mundo común con ciertos códigos para interpretar las normas y sus transgresiones. Siempre que hay risa se están explicitando códigos que  comparten con los demás. La risa es además transitiva y reflexiva a la vez, y ayuda abrir códigos sociales ocultos y expandir el conocimiento.
La risa es un instrumento de un actor que participa de un ejercicio político o ciudadano. Es un acto colectivo, pues no se ríe de o en contra, sino con. Así que la risa establece una cohesión social, un nosotros; un nosotros que descubre al ciudadano decimonónico como un animal que se construye bajo un modelo de ciudadanización y civilidad al que se le busca adscribir desde las leyes, la higiene, la medicina entre otros.
De manera que la risa que se producía en la exhibición de animales en el circo, era una respuesta frente a la creación del animal como un artífice de los seres humanos, en la medida en que los animales eran expuestos como cuerpos que expresaban obediencia, comprensión mutua, orden e incluso civilidad como el ciudadano mismo.
Por ello, la risa que provocaba ver al animal en el circo era una expresión colectiva del asombro que provocó hallar en el animal y su naturaleza un espejo que reflejaba aquello que era deseable en los seres humanos desde sus propias estructuras sociales: obediencia, disciplinamiento, civilidad y orden.  
Esto demuestra, entre otras cosas, que aquello que define la concepción de lo humano también es parte de un campo de tensiones dialécticas de las que pende la separación entre lo humano y lo animal. En este sentido, Giorgio Agamben ha planteado que el hombre existe históricamente tan solo en estas tensiones; y puede ser humano sólo en la medida en que trascienda y transforme al animal que lo sostiene. Pero además, a través de la acción negadora es capaz de dominar y, eventualmente, destruir su misma animalidad. De manera que, señala el autor, la vida animal ha sido separada en el interior del hombre porque la distancia y las proximidades con el animal han sido medidas y reconocidas en lo más íntimo y cercano. Agamben va más allá y propone que: “definir lo humano a través del conocimiento de sí significa que es hombre el que se reconoce como tal, y que el hombre es el animal que tiene que reconocerse humano para serlo.
Y aquí es donde la risa de quienes presenciaban un número con animales amaestrados en el circo era la expresión de una complicidad social que esconde la sorpresa o el asombro por ver en el animal a un espejo de las molduras de civilidad y orden a los que se somete también al hombre desde las estructuras sociopolíticas y económicas de la época.
En ese sentido, la etología en el siglo XIX fue también parte de una búsqueda de los mecanismos que conduzcan al hombre a la comprensión de aquello que resulta tan lejano y, simultáneamente, tan vinculado a lo humano: el instinto animal y los mecanismos para comprenderlo y controlarlo. Quizás eso explica porque la etología humana y animal es una de las ciencias que más ha avanzado en los últimos años.
Consideraciones finales
A manera de conclusión diré que la mirada de la historia de la ciencia debe hurgar más en espacios lúdicos como el circo, ya que es ahí donde se han llegado a modelar imaginarios y prácticas que eventualmente se convierten en saberes con un carácter de cientificidad como en el caso de la etología.
Por otro lado, situar una reflexión sobre prácticas, conocimientos y códigos sociales inmersos en las relaciones que los seres humanos construimos con los animales, nos sitúa en una reflexión más amplia que explora elementos constitutivos de la condición humana.
La risa, por su parte, es una expresión que debe ser atendida con cuidado para descubrir en ella valores, códigos y pautas de comportamiento de una sociedad en un espacio y tiempo determinado.

Notas
  1. W. H. Thorpe, Breve historia de la etología, Madrid, Alianza, 1982, 26.
  2. W. H. Thorpe, Breve historia de la etología, 27.
  3. La Filogenia es un término acuñado en 1865 y se refiere en su sentido original a una clasificación que refleja la historia evolutiva de una especie o grupo. La reconstrucción de la filogenia de una especie se basa en la búsqueda de caracteres compartidos por grupos de organismos.  
  4. Charles Otis Whitman, A Contribution to the Embryology, Life-history, and Classification of the Dicyemids, 1882 y Posthumous Works of Charles Otis Whitman, 1919. Citados en W. H. Thorpe, Breve historia de la etología, 28.
  5. Es frecuente caer en el equívoco de situar los orígenes del circo en la antigüedad china, hindú, egipcia, griega o cretense y, sobre todo, en Roma. Este equivoco proviene del uso anacrónico del termino circo, ya que este se usa para referirse lo mismo a los espectáculos antiguos que al que nació en el siglo XIX, que es verdaderamente el circo que conocemos hasta hoy en día. Las diferencias que podemos mencionar entre uno y otro se encuentra que en la antigüedad actos como las carreras ecuestres o las luchas entre gladiadores y animales tuvieron un carácter ritual o de celebración religiosa ofrecida por la clase gobernante. En cambio, el circo del siglo XIX es una diversión pagada por y para el público en la pista circense, además de incluir los actos acrobáticos y el espectáculo de payasos.
  6. Para ver un caso particular sobre la exhibición en el circo de perros amaestrados ver un artículo publicado en el periódico El Progreso de México, Ciudad de México, 15 de febrero de 1902.
  7. Arturo Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación, traduc. Eduardo Ovejero, Madrid, M. Aguilar, 1927, pp. 650- 657.
  8. Antonio Lafuente, conferencia  impartida en el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la  Universidad Nacional Autónoma de México, 2010.
  9. Giorgio Agamben, Lo abierto. El hombre y el animal, Buenos Aires, Hidalgo Editorial, 2007, 28.
Bibliografía
Agamben, Giorgio, 2007, Lo abierto. El hombre y el animal, Buenos Aires, Argentina.
Klopfer, Peter, 1976, Introducción al comportamiento animal. Un siglo de etología. México, Fondo de Cultura Económica.
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El Progreso de México, periódico semanal, Ciudad de México, 15 de febrero de 1902.
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Haenbeck, Carlos, 1910, Animales y hombres: Recuerdos y experiencias, Hamburgo-Stellinge, México, Hijos de Carlos Hagenbeck editores.
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Norbert Elias y Eric Dunning,1996, Deporte y ocio en el proceso civilizatorio, México, Fondo de Cultura Económica.
Sánchez Menchero, Mauricio, 2009, En el centro de los prodigios. Una historia cultural del juego, el suspenso y lo extraordinario, México,  UNAM, CIICH.
Schopenhauer, Arturo, 1927, El mundo como voluntad y representación, traduc. Eduardo Ovejero, Madrid, M. Aguila.
W. H. Thorpe, 1982, Breve historia de la etología, Madrid, Alianza.

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