agosto 25, 2014

Los ojos de la muñeca reina


(A Sofía, porque no existen las casualidades)

MVZ David Silva Olvera

Todo era como en un cuento de hadas, no era una fantasía, nunca imaginé conocerla, tenía que ser muy cauteloso al acercarme a ella. La había oído mencionar, solo eso, supe que le iban a hacer una fiesta, de hecho me invitaron, no fui, no sé porque, tal vez porque estaba ocupado, tal vez porque no me interesó, tal vez porque me ganó la apatía o simplemente porque lo pase por alto.

El tiempo pasa y en el momento menos imaginado nos acerca a personas que nunca pensamos encontrar o si no el mismo tiempo nos aleja de las personas que podemos querer y frecuentar.

Muchas veces tuve la oportunidad de verla, acercarme, tocarla, cargarla y besarla pero nunca lo hice, nunca la busque a tal grado que me encerraba en mi casa entreteniéndome en cualquier cosa, a ver películas, fútbol soccer, a leer libros de Fernando Savater, Pedro Ángel Palau, Francisco Martín Moreno, Xavier Velasco, Dan Brown, Carlos Fuentes o al ejemplar escritor Alejandro Dumas y algunos artículos científicos.

A primera instancia observé una fotografía, era hermosa, ojos profundos, en los que encerraba todas las etapas de la vida, de todas las personas que estaban cerca de ella; por cierto en una de las fotos que vi, no me pareció estéticamente perfecta, supuse que influyó el ángulo de la cámara porque la hacía ver de forma extraña.

Era domingo a medio día, el sol brillaba, hacía mucho calor, empuje la puerta, me dirigí al ascensor, aunque me gusta caminar, no quise subir escalón por escalón las escaleras, traté de ahorrar tiempo y esfuerzo, las puertas del elevador se abrieron, baje y caminé hasta que llegue al departamento 301, había llegado antes de la hora indicada, un poco inoportuno pero con la plena conciencia de que tenía que verla, no podía perder esa oportunidad, ese era el momento preciso, no había vuelta atrás.

Nunca había llegado tan temprano a una cita, será por la ansiedad, el ímpetu o el inconsciente me traicionaba al querer resistirme a un compromiso que ya había confirmado o tal vez la buscó mi fe en la soledad si saber por qué.

Toqué, abrieron la puerta y ahí la vi, se acababa de despertar, se acurrucaba, estaba vestida muy bonita, por cierto, recuerdo que le gustaba mucho salir a la calle, aunque no acostumbraba a fiar de la buena voluntad de las personas, se sabía adulada y querida.

Salimos por comida, estando en el mercado le compré una paleta de nuez yo me compré una paleta de fresa, le di a probar de la mía, le gusto hasta que me dijo “... no”, ya no quería.

Fuimos al banco tenía que sacar dinero del cajero, digito mi clave, posteriormente fuimos a un establecimiento de comida rápida y luego nos dirigimos al departamento y allí comimos.

Que podría decir, era una niña hecha a mano, me preguntaron:

- La conoces?

Voltee y les contesté:

- Que niña, es una muñeca angelical.

No era una simple exhibición para los ojos, desde pequeñita le enseñaron a distinguir lo bueno de lo malo, y desde ese día la llamé “la muñeca reina”.

Su nombre, Emilia, Regina, Renata, Ximena, Natalia, Valentina… eso era lo de menos, en sus ojos se veía bello el mar y se conocía la verdad, la vida y la esperanza, sus ojos que encerraron mi existir y no me dejaron ir, porque ponía mi mente en blanco y en mis ojos su mirada.

Una noche, estaba sentado en un bar, no estaba tomando solo escuchaba música y me divertía, conversando con amigos; por cierto, en aquella ocasión encontré por casualidad a Salvador y a Federico - dos ex compañeros del deportivo en el que nadaba - recuerdo fuimos siete amigos, cada uno con su pareja, excepto yo, entramos el sábado a las 10:00 p.m. y salimos a las 3:00 a.m. del domingo en horario de verano, cuando de repente cruzó por mi mente el recuerdo de la muñeca reina, en ese momento sentí muchas ganas de tomar... no... yo mismo me forjé la meta de no tomar alcohol jamás, no sé porque sentí tantas ganas de embriagarme hasta perder el sentido con cerveza y tequila o cualquier otra bebida anestesiante de mis sentidos, pero faltaría a mi palabra.

Su recuerdo no sé, aun sentía que no la conocía... ... jamás la volví a ver.

Una y otra vez me pregunté: ¿Faltaron ganas de amar? ¿Carecí de suerte? O simplemente ¿Me faltó tiempo para demostrarlo? El tiempo explica muchas cosas y también sana heridas

Era un sentimiento extraño, como si estuviera cumpliendo un pequeño ciclo en mi vida, me sentía solo pero aun se dibujaba su mirada y sabía que su compañía me hacía muy feliz, me quería, sin saberlo me lo había demostrado, de alguna manera era ese sentimiento reciproco que el golpe del destino nos dio a los dos, llámese suerte, casualidad, circunstancia fortuita en fin, por alguna razón nos habíamos encontrado.

Ahora su recuerdo me revivía muchas experiencias que había pasado con ella, el tiempo pasó, ya no era lo mismo, ella creció y yo aunque sigo viviendo en el mismo lugar, laboraba muy retirado de donde esa princesa vivía y salía a jugar.

Una mañana fresca sin planearlo la fui a buscar, no la encontré, volví en otra ocasión a medio día y me dijeron que había salido fuera de la ciudad, que regresaría el fin de semana, quise seguirla buscando, la sensación de tan solo verla me consumía cada vez más, no era curiosidad, era ese recuerdo que no me lo podía quitar de la cabeza.

Un día decidí visitar a la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la UNAM, mi Alma mater, caminé por el pasillo central, vi la tienda del “Piti”, , posgrado, al museo donde se encuentran piezas anatómicas plastinadas, al quijote, al hospital de pequeñas especies, a los quirófanos, al departamento de aves, Medicina Preventiva y Salud Pública, pasé por algunos otros departamentos la Facultad, mi facultad y la de tantos colegas que nos formó, esa facultad que ocupa el primer lugar en Latinoamérica y es reconocida a nivel mundial, la facultad que nos ha dado tanto, la facultad que siempre llevaré en mi corazón, esa gran facultad que...

Después de tanto tiempo quería saludar a algunos profesores y de paso fui a ver a Antonio mi compañero y amigo de generación, así que entré a la biblioteca, pasé por la Hemeroteca y me dirigí al fondo del pasillo, le di un fuerte abrazo, no nos veíamos desde que hice mi examen profesional de licenciatura, platicamos, me comentó de su esposa, de su niño y conversamos de lo que pasaba de nuestras vidas hasta ese momento.

Sin embargo el recuerdo me traicionó y le hablé todo de ella, que la quería ver, el recuerdo me hizo de nuevo buscarla, y le dije a mi amigo que me acompañara, de hecho trabaja cerca de donde vivía ella.

Durante el transcurso le iba platicando de la niña maravillosa que un día conocí, jamás me había visto tan entusiasmado, no soy un predicador pero llevaba la verdad en mi boca, sabía lo que le estaba diciendo, era una niña muy linda, llena de vida, tiene como todos una misión en la vida, es muy especial, despertó en mi una ilusión, ella…

Seguimos nuestro camino, cruzamos avenida Insurgentes y también la Avenida Revolución, solo quería entregarle un escrito donde plasmé palabras que brotaron de mi corazón, en el le expresé que solo quería que me quisiera como yo a ella, pero mi decepción fue mayor, tanto que se consumió en una profunda tristeza, al llegar a la reja para tocar el timbre donde está la caseta de vigilancia Antonio me dijo:

-¿Estás seguro que quieres hacer esto?

A lo que respondí que sí.

Luego escuché una voz fría que me paralizó de pies a cabeza:

-Si realmente la quieres es mejor que la dejes de ver, ya no la busques, ella tiene una vida diferente a la tuya, déjala que la viva y has la tuya.

No sabía si tenía razón, sea cual sea no quería ser un agregado más a ella, solo quería ser su complemento en la vida, no quería tapar huecos en su corazón, sino ganarme un espacio dentro de él, cuantas veces quise decírselo, pero también reflexioné que no podía hacer el papel ni jugar el rol que jamás me correspondía, tarde aprendí que nunca podría tener una mujer, esposa o procrear una hija como ella, esa tarde se nubló, se avecinaba una fuerte lluvia, empezó a chispear, luego se vino un aguacero, que terminó en tormenta, como la que vivía por dentro, el escrito cayó sobre mis pies, me incliné a levantarlo, pero al recogerlo también me di cuenta que sobre mi mejilla rodó una lágrima.

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