mayo 22, 2012

Resumen de un libro: Ellas, que dan de que hablar


Felipe Román López

Título: Ellas, que dan de que hablar—Las mujeres en la Guerra de Independencia.
Autora: Carmen Saucedo Zarco
Editorial: INEHRM
Edición: Primera 2010
Número de hojas: 96

Este libro es un homenaje a las mujeres que vivieron la guerra de independencia de México, acompañando a sus hombres en calidad de madres, esposas, concubinas, hijas, prostitutas, etc. y que, injustamente, hoy han sido olvidadas por los historiadores.
Les tocó a las mujeres vivir las restricciones que los padres, la sociedad y la religión les imponían, aconsejándolas: “no des de qué hablar”, conminándolas a cumplir estrictamente, so pena de castigos corporales y la condenación eterna.
La moral de las mujeres era vigilada por los padres, parientes, vecinos, curas y extraños, debía ser tal que nada se dijera, ni para bien ni para mal pues, la mujer decente, modesta y virtuosa no se hacía notar.
La participación de la mujer en la guerra de independencia es incuestionable. Recordemos en este libro a algunas de las mujeres que dieron de qué hablar, con su actitud de apoyo decidido a sus hombres, lo que le ocasionó a muchas, ser detenidas y enjuiciadas y encarceladas o fusiladas.
En 1801, cuando el cura Miguel Hidalgo y Costilla, era párroco de San Felipe, fue acusado ante la inquisición de ser: “algo libre en el trato con mujeres”, por organizar saraos a los que asistían hombres y mujeres, sin que se pudiera demostrar que el trato entre los asistentes faltara al decoro.
Fue una mujer, Juana González la que presenció y relató cómo los insurgentes se abanderaron con la imagen de la virgen de Guadalupe, a su paso por Atotonilco. La imagen la proporcionó Doña Ramona Zapata a uno de los rancheros.
La señora María Josefa Ortiz, esposa del Corregidor de Querétaro, Miguel Domínguez, participó activamente en la conjura por la independencia y, su esposo tuvo que encerrarla en su alcoba para evitar sospechas.
Posteriormente fue encarcelada por la Inquisición, a principios de 1814, en una austera celda del convento de Carmelitas Descalzas, de Santa Teresa la Antigua, de la ciudad de México. Fue liberada hasta junio de 1817, al parir a su treceavo hijo.
En las reuniones que hacían en la casa de Mariana Rodríguez del Toro y su esposo Manuel Lazarín, planeaban secuestrar al virrey Venegas, para trata r de liberar a Don Miguel Hidalgo y compañeros, apresados en marzo de 1811 pero, fueron delatados por un hombre y sufrieron prisión ambos esposos, hasta el fin del año de 1820.
Leona Vicario tenía 21 años, cuando ella con su esposo Andrés Quintana Roo, fundaron la Sociedad de “Los Guadalupes”, que fueron un gran apoyo de los insurgentes.
Leona estuvo presa en el Colegio de Belén, hasta que fue rescatada por insurgentes, el 22 de abril de 1813.
Recordemos ahora el nombre de algunas de las mujeres que perdieron la vida en aras de su apoyo a los insurgentes:
Gertrudis Bocanegra (mestiza de Pátzcuaro), perdió a su esposo e hijo que luchaban al lado de los insurgentes, quiso regresar a Pátzcuaro para fungir como espía pero fue descubierta y pasada por las armas en Octubre de 1817.
Carmen Camacho, potosina, quiso convencer a José María García de que se pasara al lado insurgente peor, este la denunció y fue aprehendida y declarada culpable. Calleja firmó la sentencia de muerte que se ejecutó el 7 de diciembre de 1811. De su cuerpo colgaron un cartelón que decía: “seductora de tropa”.
María Tomasa Esteves Sala fue aprehendida por Agustí de Iturbide y fue ejecutada el 9 de Agosto de 1814 y su cabeza expuesta en la plaza de Salamanca.
Indudablemente hubo muchas mujeres que acompañaban al ejército insurgente y, se ha dicho, que los acompañantes de Hidalgo, más que ejército, parecían un pueblo en éxodo.
Las mujeres acompañaban por voluntad propia o iban raptadas por los insurgentes, sin que pudieran contraer matrimonio, porque los curas tenían prohibido casarlos si no renunciaban a su carácter belicoso.
María Catalina Gómez de Larrondo, hacendada de Acámbaro, secuestró, con sus empleados y criados, a 2 españoles, con lo que demostró su apoyo insurgente.
Ana María y Trinidad Ortega, junto con su madre, fueron sorprendidas con las ramas en la mano, cuando los realistas tomaron la hacienda de Cerro Gordo, en ju8nio de 1815 y fueron enviadas a prisión a la ciudad de México.
Manuela Paz fue aprehendida en Huichapa, el 3 de mayo de 1813 y fusilada con los hombres encontrados en la misma situación.
Prisca Marquina de Ocampo, acompañaba a su marido en las batallas, hasta que él fue fusilado en Taxco en 1814.
Manuela Molina, india cacica de Taxco estuvo en 7 batallas. Conoció a Morelos en Acapulco, donde fue herida y derrotada. Se retiró a Texcoco, donde murió en 1822.
María Josefa  Martínez de San Antonio el Alto, era viuda del insurgente Miguel Montiel, fue aprehendida y presa en la Casa de las Recogidas de Santa María Egipciaca.
Rafaela López Aguado, madre de Ignacio, Ramón, Rafael, Francisco y José María Rayón, acompañó a sus hijos en las campañas que emprendieron y prefirió verlos muertos que rendidos al enemigo.
Cuando apresaron a Francisco y le ofrecían el indulto, Rafaela lo rechazó y prefirió que lo fusilaran en Ixtlahuaca en diciembre de 1815.
Hubo madres que entregaron a sus hijos al enemigo en prenda para salvar la vida de su esposo, recordemos algunas:
Manuela de Roxas Toluada, esposa de Mariano Abasolo, pidió el indulto de su esposo a Félix María Calleja, ofreciendo en prenda a su hijo de 2 años.
Rita Pérez, esposa de Pedro Moreno, siguió los pasos de su esposo y dejó a su hija más pequeña (Guadalupe), encargada al cura Ignacio Bravo pero, el capitán realista José Brilanti la tomó prisionera y la crió como su propia hija.
Manuela de Rojas Taboada, esposa de Mariano Abasolo, lo acompañó en las campañas y, cuando fue hecho prisionero y condenado a prisión perpetua en el Castillo de Santa Catalina de Cádiz, lo acompañó en el cautiverio, hasta su muerte el 14 de abril de 1816.
Hubo otras muchas mujeres cuyo único delito fue ser esposa, amante, hija, hermana o madre de algún insurgente y, de ellas, se relata: “Los realistas las retuvieron como rehenes, para obligar a los insurgentes a entregarse o a indultarse, lo que no siempre ocurrió.
Las beaterías, recogimientos y cárceles estaban atestados y fue hasta 1820, cuando empezaron a liberarlas.
Muertos o presos sus maridos, las mujeres se hundieron en la pobreza pues, a pesar de haberse consumado la independencia y reconocidos los méritos de los combatientes, las madres, esposas e hijas, tuvieron que vérselas por sí solas, pues las pensiones que obtuvieron rara vez les fueron pagadas.

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